Por Oriol Guxens, osteópata D.O.

El anticonceptivo oral, también conocido como pastilla anticonceptiva, la píldora, o la “antibaby”, supuso una revolución cuando apareció por primera vez hace algo más de cincuenta años. Actualmente existen varios métodos anticonceptivos para la mujer que vienen con carga hormonal extra: DIU, parches, anillos vaginales, etc… Es magnífico lo rápido que avanza la ciencia, pero realmente, ¿tomarse un cóctel de hormonas extras casi cada día (dependiendo del método que se use) no supone ningún riesgo para el cuerpo? En ningún caso voy a discutir la toma de anticonceptivos como tratamiento médico de afecciones o patologías como el síndrome del ovario poliquístico o una amenorrea secundaria, pero cuando el único beneficio que se busca es propiamente la anticoncepción, ¿vale la pena utilizar este tipo de métodos?

Hace más de un año, el expresidente de la Fundación Española de Contracepción afirmaba en un periódico de Madrid que “la píldora es el fármaco más estudiado de la medicina, tiene pequeños riesgos y mayores beneficios.” Cada vez salen más estudios y más publicaciones sobre los riesgos, y la mayoría no se contemplan a la hora de decidir un método u otro. Por ello vamos a resumir muy brevemente qué le puede pasar al cuerpo a la larga después de un contacto prolongado con hormonas exógenas, destacando tres posibles tejidos diana de los que no se suele hablar y fundamentales para el buen funcionamiento del organismo y del aparato digestivo en concreto: el peritoneo, el hígado y los intestinos.

En primer lugar, tal como afirma Bruno Conjeaud, osteópata francés, en su libro Grossesse, hormones et ostéopathie, existe un cierto reflujo menstrual de las células endometriales del útero a través de un espacio llamado ostium abdominal. Dicho de otro modo, durante la menstruación puede que células del útero se escapen y viajen por la cavidad peritoneal, el espacio que queda entre vísceras y órganos en el abdomen. Éstas células, que son sensibles a la actividad de las hormonas sexuales, se pueden desarrollar formando tejido endometrial donde no toca, creando cuadros de lo que se conoce como endometriosis. Pero el cuerpo, sabio donde los haya, puede parar el proceso a tiempo y eliminar las células emigrantes librando una batalla vía el sistema inmunológico sin que te des cuenta ya que no llega a dar síntomas. Lo que ocurre es que, como todo el mundo sabe, las batallas conllevan consecuencias y en este caso los tejidos afectados (el peritoneo mayormente) pueden haber quedado tocados, creando fibrosis, hasta adherencias. El peritoneo es muy importante para el funcionamiento de los órganos ya que los recubre, los protege, les aporta los vasos sanguíneos y linfáticos, y lo más importante, permite que se muevan. Un intestino que no se mueve es un intestino sin vitalidad. Los alimentos, para viajar por el tubo digestivo, necesitan de éste movimiento involuntario que los empuja adelante. Imaginaros pues las consecuencias que puede tener esto a largo plazo, no solo para el sistema digestivo si no para todo lo que está relacionado con la cavidad abdominal y sus tejidos. Sin ir más lejos, ¡el embarazo! Aunque de ello ya hablaremos otro día.

En segundo lugar, las hormonas exógenas que provienen de fuera del organismo, en calidad de hormona y de fármaco, tendrán que ser eliminadas en algún momento. A este proceso se le llama detoxificación y la efectúan principalmente las células del hígado. A grandes trazos, el elemento que se quiere eliminar se transforma para ser evacuado por la orina o las heces, y esto ocurre en dos fases (en la fase I se oxida el elemento y en la fase II se reduce y solubiliza). El problema está en que el elemento que sale de la fase I es metabólicamente más tóxico que el original, y si el hígado no es capaz de ser eficaz, sobre todo en la fase II, por un exceso de toxinas que le llegan, se saturará y no podrá realizar correctamente su función, predisponiendo el organismo a un estado de toxemia con elementos acabados de salir de la fase I corriendo a sus anchas por el cuerpo.

Finalmente, las hormonas sexuales no solo pueden tener un efecto sobre la función hepática, también pueden tener repercusiones sobre la fisiología y la patología del sistema gastrointestinal incluyendo la regulación de la función motora y sensitiva, como en el síndrome del colon irritable. Hay diferentes estudios que avalan esta idea, y en concreto, las últimas investigaciones sobre el sistema digestivo y la flora intestinal han desembocado en la acuñación de un nuevo término: el eje “brain-gut-enteric microbiota” (literalmente cerebro-barriga-microbioma intestinal). Este eje de comunicación bidireccional entre las bacterias de la flora intestinal y el cerebro se efectúa a través de vías neurológicas, inmunológicas y endocrinas moduladas, entre otras, por hormonas sexuales.

Por lo tanto, las hormonas pueden influenciar los mecanismos reguladores alterando la sensibilidad, la motilidad, la permeabilidad visceral y la activación inmunitaria de la mucosa intestinal. Si lo sumamos a los dos factores expuestos anteriormente, todos estos desequilibrios pueden acabar empujando el organismo a un estado de insuficiencia digestiva.

Con esto, y me parafraseo a mí mismo, no quiero discutir la toma de anticonceptivos como tratamiento médico de afecciones o patologías. Solo quiero abrirle una puerta a la duda para plantear, no solo sobre el tema que hemos tratado sino sobre todos los aspectos de la vida, si no conviene más empezar a utilizar otros métodos más naturales que sean a la larga menos perjudiciales para nuestra salud.